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    May 20

    Mi último infierno

     

    SALA DE ESPERA

     

    Dilatada espera ante la cripta vacía.

    Donde yacen las pupilas malvas.

    Donde habitan las ánimas.

    Donde el cuerpo aguarda su final.

     

    Miles de figuras enfermas.

    Miles de esquemas de historias

    aterrizadas bruscamente

    ahí al lado.

    Miles de sueños atrapados

    entre estos tabiques asépticos.

    La mesa sin jarrón.

    Una pared sin un retrato

    o sin paisaje que la convierta más amable.

    Ventanas que no miran al mar,

    que no saben siquiera mirar

     

    Huele a personas que dejan de ser

    todo lo que han querido.

    Duele

    como duele la gente que aguarda

    sin final.

    Que todo finalice

    sin querer que nada acabe del todo.

     

    Sin embargo hay vida y la vida

    resquebraja los muros y provoca

    un fuerte olor a fuerza que suspira

    y late en el páramo desolado,

    que se hace insensible para poder mirar

    de lejos y ver a través del cristal

    de esa ventana que no sabe

    hacia donde mirar.

     

    Y esperar, y esperar

    a que nos llegue la vez

    sin saber qué decir y sin soñar.

    Con los sueños parados como el reloj

    de esta sala de interminable espera.

     NAAMA RODRÍGUEZ

    De nuevo a la deriva

     
    ¿Qué harás a estas horas con tus manos?
    ¿A qué materias estarás cercana?
    A la desolación de tu ventana,
    ¿trae la oscuridad ruidos humanos?
     
    Me ocurre como todos los veranos:
    me crece el corazón, me da la gana.
    ¡Vivir tan duramente la semana
    y ahora no poder! ¡Ah ciudadanos!
     
    Son las once en la noche. A lo mejor
    es más tarde en la vida. Yo no veo
    ninguna solución. Todo es peor.
     
    Y tú, reina mortal, ¿en qué cal viva
    pondrás los ojos a dormir?
     
                                               Paseo
    como un perro; con sed, a la deriva.
     
     
    1952, Edad
    Antonio Gamoneda

    Palabras para un final

     
     
    No llores, que aún tienes
    el viento y la distancia.
     
    El amor es el viento. Sin remedio,
    el abismo se asoma a tu mirada.
     
    Es cierto que me nublas la garganta
    con tu llanto y tu mano lejanísima.
     
    Aún no llores: en el aire bebes
    el olor a tristeza de mis manos.
     
     
    1947, Edad
    Antonio Gamoneda